“Ya había pasado por esta calle”, piensa con impaciencia mirando el reloj. “A esta hora ya debería estar cantando”, dice en voz alta para no sentirse tan solo. Entonces vuelve a oír los cascos de caballo en el asfalto; hace rato los está oyendo, cada vez con más frecuencia. Se detiene y mira hacia atrás, pero sólo ve la calle larga y vacía. De nuevo lee el papel que sostiene: “Canciello, Calle 53 45-54, Junio 16/2012, 9:30 p.m. Entrada libre”. Es como si los números en los edificios cambiaran a cada momento, como si las calles fueran serpientes moviéndose para jugarle una broma. De pronto, una silueta se asoma en una esquina y vuelve a esconderse. Juan quiere pedirle indicaciones, así que se lanza a buscarla, y en ese mismo instante vuelve a oír el cloc-cloc de los cascos sincronizados con el ritmo de sus zapatos. Logra ver la silueta girando en un recodo y se apresura a correr más, los cascos suenan apremiantes, Juan se percata de que su forma de perseguir a la silueta es la de un criminal, de modo que decide gritarle que no tenga miedo (sólo va a pedirle una indicación), pero cuando abre la boca sale un rugido que estremece su pecho y la noche. En la efervescencia del momento, pasa junto a un edificio con espejos y no se reconoce en el reflejo fugaz, le ha parecido ver la forma de una bestia. Al fin se abalanza sobre la silueta –que ha resultado ser un muchacho aterrado– con toda la intención de decirle que no tenga miedo. En cambio, sin preguntarse por qué, empieza a devorarlo. Cuando ha saciado su hambre se da cuenta de que alguien lo está observando desde una puerta. Es una mujer con una mirada muy triste que da media vuelta y entra por un pasillo a una casa grande. Juan lee el letrero de la entrada, “Canciello”, y al asomarse logra vislumbrar algo que parece un tentáculo, el destello de un pelambre, las puntas de unas alas. Entra en busca de la mujer.
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