El concierto iba a empezar
cuando Alejandro dejó caer la pajuela. Como él entraba después de los otros
instrumentos, podía agacharse a recogerla. La luz era escasa, debía palpar el
suelo. Entonces encontró otra cosa: una reja mal disimulada con tapetes. La
canción aún le daba tiempo y siguió inspeccionando. Primero pensó que se
trataba de una alcantarilla, por el olor. Entonces vio unos ojos rojos en
el fondo de la oscuridad. Unas manos como garras de buitre salieron de entre
las rejas y se apoderaron de la cabeza del guitarrista, que no entendía nada.
De pronto, se encontró metido en la jaula. Miró hacia arriba y vio al otro, al
de los ojos rojos, descargando los primeros acordes con sus garras. Poco a
poco, Alejandro será otro. Cada 16 de Junio ocurre esto en Canciello, a las
9:30. Y no cobran.
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