“Al fondo a la derecha”, dijo el cantinero de Canciello al bajista. En ese momento hubo un apagón y los gritos de pánico llenaron la oscuridad. Andrés se pegó a una pared para seguir tanteando en busca del baño. Las personas gruñían, a veces aullaban, y Andrés sentía los cuerpos huyendo, empujando, respirando en su cara. Trataba de abrirse paso cuando le pareció sentir una nariz verrugosa con las yemas de los dedos y retiró la mano aterrado. Quiso escapar pero la marea lo llevó de un lado a otro sin atinar con la salida. De pronto se fue de frente contra unos labios carnosos, frescos, dulces. “Junio 16, 2012, 9:30 p.m.”, pensó extasiado: “fecha y hora memorables”. El beso se prolongó hasta que volvió la luz. Abrió los ojos: una hiena le estaba devorando la cara. No le importó.
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